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Comunicado EZLN: Chiapas, México, el Mundo. (fragmento del texto “Una Guerra Mundial” (mayo-junio 2015), del SupGaleano

Chiapas, México, el Mundo.

(fragmento del texto “Una Guerra Mundial” (mayo-junio 2015), del SupGaleano, en “Nuestra Mirada a la Hidra”, parte II del volumen I de “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista”)

Primero nos llamó la atención la bulla de protestas e inconformidades en las redes sociales.  Luego lo que lograba colarse en las páginas de la prensa de paga independiente.  Entonces un equipo de Tercios Compas fue enviado a confirmar o descartar datos.

Si con su cámara toma usted una serie de imágenes “in situ” de una de las principales ciudades del suroriental estado mexicano de Chiapas, se dará cuenta del desorden, el abandono y el caos que reinan.

Pero si, en el tiempo, le da “zoom out” a su larga-vista, empezará a notar una cierta lógica y un orden dentro de ese caos.

Ahora bien si combina usted una vista panorámica en tiempo y espacio, tendrá una imagen bastante cercana a la realidad.  No a la que está representada, sino a la que se refiere a la genealogía de esa imagen.  Es decir, vea que la imagen incorpore el antes, durante y después.

Tomemos por ejemplo la ciudad capital de Chiapas, la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.  Fundada originalmente por zoques, conquistada luego por los mexicas, fue nombrada por éstos “Tochtlán”, “lugar o casa de los conejos” o “donde abundan los conejos”.  Luego fue “Tuchtlán”.  La conquista española castellanizó la palabra y la hizo “Tuxtla”.   Luego tomaría el apellido del general Joaquín Miguel Gutiérrez Canales.  Durante un tiempo le disputó a San Cristóbal de Las Casas el dudoso honor de ser la capital del estado.

En la imagen que usted captura hay de todo, menos coherencia: supuestas obras urbanas, realizadas sin ton ni son, sin señalamientos, sin rutas alternas; calles que de tales sólo tienen el letrero que las nombra; grandes espectaculares donde el “rubio de categoría”, Manuel Velasco Coello, o alguno de sus cómplices reiteran que sí cumplen, mientras las principales vías de comunicación estaban o están destruidas.

Si usted se toma el tiempo de recorrer las calles de la ciudad, notará esa irracionalidad y le llevará a pensar que sí, que realmente se necesita ser un imbécil para realizar esas obras así.  Incluso podría usted pensar que quienes gobiernan Chiapas no son sino una bola de imberbes púberes e idiotas jugando, y mal, a Simcity en la ciudades de Tuxtla, San Cristóbal y Comitán.  Y no le faltarían ni razón ni argumentos.

Las “obras de urbanización” han hecho quebrar decenas de pequeñas y medianas empresas; han arrojado al desempleo a miles de chiapanecos; han provocado accidentes mortales, y son responsables de más de una desgracia en hogares chiapanecos por el retraso en el tránsito de ambulancias.  Los daños “no cuantificables” en vehículos y en tiempo son muy grandes.

Es más, las únicas pequeñas empresas que han sobrevivido a esta guerra urbana son las vulcanizadoras, las distribuidoras de llantas y amortiguadores, y los talleres mecánicos.  Las obras viales que ya se terminaron son flanqueadas por letreros de “se vende”, “se renta”, y por edificaciones abandonadas y flamantes construcciones nuevas.

Sería cómico si no fuera trágico.

Si usted platica con algún mediano o pequeño ex-empresario y éste le cuenta cómo se opusieron, acicateados por el gobierno municipal y estatal, a las movilizaciones del magisterio democrático, ahora le dirá:

Hicimos el ridículo.  Nosotros protestando porque las marchas y bloqueos de los maestros hacían bajar nuestras ventas, y resulta que con sus obras el gobierno nos hizo quebrar.  Mire usted, todo ese circuito era de pequeño y mediano comercio y todos quebraron.  Ahora hay empresas extranjeras y abundan las franquicias.  La ciudad se cerró literalmente, como si estuviera sitiada, pero no fueron los maestros, ni los zapatistas, fue el gobierno.  Sí, los maestros bloqueaban unas horas, un día, una semana.  El gobierno cerró el transito en la ciudad por casi un año y en algunas partes todavía no se puede transitar.  Dígame usted, ¿qué comercio o empresa puede aguantar tanto tiempo?  Pues sólo los grandes, los que tienen capital para aguantar la baja de ventas.  O quienes se endeudan tanto que ahora están trabajando para pagarle al banco el préstamo que les hizo para trabajar.  Sí, absurdo.  Ahora se trabaja para pagarle al banco que nos presta para trabajar para pagarle.  Tuvimos que cerrar, despedir, vender.  Mire, ese lugar donde ahora hay una franquicia, fue de mi familia por décadas.  Y siempre nos dijeron que teníamos que tener miedo de los revoltosos, luego de los maestros, luego de los zapatistas, luego otra vez de los maestros, siempre de los maestros.  Porque nos querían robar lo nuestro, romper, saquear, arruinar.  Así nos dijeron.  Y quienes al final nos robaron, nos rompieron (señala la calle rota, peor que camino de terracería), nos saquearon y nos arruinaron, fueron los gobernantes.  No importa de qué partido.  Aquí han dicho que son de PRI, de PAN, de PRD, de Verde Ecologista, de lo que se les venga en gana.  Pero siempre son los mismos: los Sabines, los Velasco, los Albores, los Orantes.  Un día son de un color y otro día son de otro color.  Y nosotros de babosos poniendo nuestros cartelitos de “Demandamos la aplicación del Estado de Derecho” para que el gobierno pudiera reprimir alegando que nosotros lo exigíamos.  ¡Y quien nos acabó de amolar fue el mentado “Estado de Derecho”!  ¿Denunciar?  ¿Dónde?  Si los medios locales están bien comprados y los nacionales pues también se llevan su parte.  Sí, hay alguno que otro local que sí se arriesga y saca algo, pero nada o poco pueden contra los grandes medios, que ni son tan grandes, y son como los portavoces del gobierno en turno: antes fueron Alboristas, luego Mendeguchiistas, luego Sabinistas, y hoy son Velasquistas, y mañana lo que sea pero siempre son y serán unos sinvergüenzas.  No, no hay problema, a mí qué me importa que ponga usted que soy de la CANACO local, si el problema grave que tengo es cómo pagar las deudas con el banco.  Ya vendí todo y no me da, y no hay para dónde jalar.  Tanto miedo que tuvimos a los pobres y fueron otros más ricos y el gobierno los que nos jodieron.

   Ándele, dé una vuelta por donde sea.  Verá usted que no le miento.  Hay letreros anunciando que el gobierno pavimentó tal calle y ni escombro le pusieron a los baches.  Un fraude, un fraude total.  Nosotros con el miedo a los de abajo, y nos vinieron a conquistar los de arriba de otros lados.  ¿Empleo con las nuevas empresas?  Mentira.  Esas empresas ya vienen con su gerente, administrador, contador, jefe de piso.  Si acaso contratarán al que cuida el estacionamiento.  Ni la limpieza local contratan.  También llegan empresas de seguridad y limpieza de otros lados.  Esta ciudad ya no es lo que era, ya no volverá a serlo.  Está peor.  Cada vez es menos chiapaneca

En efecto, la ciudad capital cambia de rostro: en lugar de sus empresas originales, aparecen por donde quiera nombres de franquicias y grandes comercios.  En los centros comerciales, las pequeñas empresas que tienen un diminuto local cierran casi inmediatamente y son suplidas por otras.  En los cruceros un ejército de limpiaparabrisas, vendedores ambulantes de lo que sea, se agolpan en torno a los vehículos pidiendo aunque sea una moneda.  La imagen se repite en las otras ciudades chiapanecas… y en el resto del rostro urbano del país.

¿Son torpes e imbéciles quienes aquí gobiernan y por eso este caos?

Sí, lo son.

Pero el desorden urbano y de asentamientos no se deben a esa estupidez común, aunque con siglas y colores cambiantes.

Lo que ha ocurrido y está ocurriendo aquí es una destrucción propositiva.  No viene el plan del muy limitado coeficiente intelectual de quienes dicen gobernar (o aspiran a hacerlo), de su ilimitada ambición para robar, de su ancestral corrupción.  Viene de más arriba.  Éstos que gobiernan son sólo administradores que se llevan una tajada por la destrucción, y otra tajada por la reconstrucción.  Las grandes empresas inmobiliarias y las usureras, donde también aparecen los nombres de la clase política local, esperan a que las obras urbanas, propositivamente lentas y sin lógica racional alguna, desquicien la frágil economía local y obliguen a la “gente bien” local a vender.  Esperan luego a que las obras se concluyan a su contentillo.  Y zas: lo que compraron a diez, ahora vale mil.  Claro, hay que darle algo a la autoridad, la que está con cargo y la que busca puesto.  ¿De dónde si no para la publicidad y para la compra de votos?

Una verdadera conquista se ha realizado y el empobrecimiento resultante ya no es sólo de indígenas, ni sólo de trabajadores y colonos.  Ahora una adelgazada clase media debe elegir entre la burocracia gubernamental o partidaria, el empleo mal remunerado, o el exilio.

Pero no es sólo en Chiapas.

En México los analistas de arriba se mesan sus cuidadas cabelleras viendo cómo las reformas, tan aplaudidas por ellos, lo único que han logrado hasta ahora es desordenar más la ya caótica economía nacional.

Se quejan, por ejemplo, de que la reforma energética no haya traído las mieles inmediatas que prometían.  Pero las reformas tenían precisamente ese objetivo: desordenar y destruir.

La reforma energética, por ejemplo, no es sino el clarín de arranque para una enloquecida carrera para el despojo.  Y no hablamos sólo de los territorios bajo custodia de los pueblos originarios.  Nos referimos también a los fondos de retiro, es decir, las pensiones de la clase trabajadora.

En fin, se entiende que allá arriba todavía haya quien crea que en las reformas está la salvación de México.  O que es sólo la venta del patrimonio nacional.

Pero abajo debe quedar claro que el objetivo de las reformas es acabar de destruir lo poco que queda en pie… para que sea reconstruido y repoblado.

La guerra urbana que ha modificado el “rostro” de las ciudades no sólo tiene como objetivo los terrenos y construcciones.  Los servicios son el plato fuerte.  El suministro de agua potable es manejado con calculada perversidad: la escasez alienta el surgimiento de empresas de pipas de agua que desplazan a las tradicionales y van monopolizando paulatinamente el mercado.  Así como con el agua: el transporte, las comunicaciones, la seguridad y hasta la basura.

Y aquí una acotación: el argumento falaz que suele “sostener” la necesidad de la privatización de los servicios es que así mejorará el servicio, será más barato y de mejor calidad.

No hay un solo caso que respalde esa afirmación.  Todos los servicios privatizados son más caros, de peor calidad y con pésima atención.

Acostumbrada a que la pobreza y la desgracia siempre pertenecían a otra geografía o a otro calendario, la mal llamada clase media comienza a darse cuenta de que su lugar está cada vez en las víctimas y no en los espectadores (en el papel de verdugo nunca, aunque suspire por estarlo).

El proceso de urbanización, lento si fuera racional, es ahora una locura.  Como si una guerra estuviera operando y, en lugar de blindados, fueran las maquinarias de construcción las que, paradójicamente, destruyeran.  Si un razonamiento lógico sería: crea los servicios y después urbaniza; la realidad es lo contrario: urbaniza y ya luego ve lo de los servicios.

Aquí usted puede elegir: atribuir este caos a la impericia, la corrupción  y la torpeza de quienes gobiernan; o a un caos administrado para luego reordenar.

La primera opción hará que la mayoría de la población busque cambios en los colores, con la esperanza de que llegue al gobierno alguien que no sea tan estúpido, tan ladrón y tan torpe, y que las ciudades recuperen la imagen idílica del pasado.  Ese ayer donde los problemas estaban fuera y el hogar no era también una prolongación de la pesadilla.

En esta opción aparecerán los mismos apellidos de la clase política, aduciendo experiencia y madurez, pero bajo nuevas siglas.  Y como las decisiones son sobre colores y promesas pues, bueno, si falló el rojo, vayamos al azul, al verde, al café, al naranja, al que vaya apareciendo con lo viejo ahora vestido de nuevo.

Aquí el problema es administrativo.  Así, los problemas sociales no son por un sistema sino por una mala administración, o corrupta, o torpe, o, como en México, con los tres calificativos.

Para esta apuesta de supervivencia hay calendarios.  Cada período usted puede intentar un cambio de color, a ver si ahora sí.  Pero la vida sigue su curso y las necesidades básicas no se sujetan a los calendarios electorales.  Entonces usted acude a quien le ofrece resolver lo inmediato, aunque eso incluya la ruina de su futuro.

Entonces usted entiende que el común de la gente reaccione así.  O no lo entiende y la considera ignorante, falta de dignidad, de conciencia, de vergüenza.

Así decide participar o no.  Con inflamada pasión, usted hace suyo el color como si el de un equipo deportivo se tratara.  Acude al juego, grita y se desgañita.  Termina el juego, gana quien gana, pierde quien pierde, y la vida sigue su curso.  Así hasta el siguiente juego.

No se trata de juzgar, sino de entender.  Y aquí está un problema que requiere del pensamiento crítico, aunque ya no sólo se trata de llegar a un conocimiento científico, sino de definir una estrategia de resistencia, de supervivencia, de vida.

Los problemas sociales, ¿se deben a una falta de capacidad administrativa, de oficio político, de probidad, de visión de Estado?  ¿O son consecuencia ineludible de un sistema social?

Es decir, las decisiones fundamentales, las que orientan el rumbo de una sociedad digamos nacional, ¿siguen en la esfera del Estado, del gobierno, de la administración pública?

Incluso los paliativos, los consuelos del “corto plazo”, ¿son posibles?

En buena parte del mundo, el problema ha sido ubicado en la administración pública.  Y es casi unánime el diagnóstico de que se trata de un asunto de corrupción de los aparatos gubernamentales.

Pero aquí el asunto es que, para disputar el combate a la corrupción, no hay una bandera definida políticamente.  Contra la corrupción administrativa está la derecha, la izquierda y la política “independiente”.  Todos se afanan por ofrecer probidad y honestidad… y todos terminan por ser alcanzados por algún escándalo.

Y aquí viene una pregunta fundamental, pensamos nosotros, nosotras, zapatistas: el Estado Nación, es decir, el Estado tal y como lo conocíamos, ¿ha permanecido intocado en la guerra del sistema?

¿O estamos frente a un holograma, una imagen de lo que fue, una figura de cartón piedra donde distintos personajes ponen el rostro para la foto de temporada?

¿O ni una cosa ni la otra: el Estado Nacional ya no es lo que era, pero mantiene alguna resistencia frente a los poderes supranacionales?

Cuando los representantes de algún estado europeo, digamos de Grecia, se sientan a hablar con la señora Ángela Merkel, ¿están hablando con el Bundestag o con el Fondo Monetario Internacional… o con el Banco Central Europeo… o con la Comisión Europea… o con los 4… o con ninguno?

Y para poder conocer la respuesta, pensamos, necesitamos reconstruir la genealogía del Estado Nación, y confrontar el resultado con la realidad actual.  Y entonces hacer preguntas:

¿Cuáles fueron sus bases, y cuáles se mantienen, cuáles desaparecieron, cuáles mutaron?

¿Cuáles fueron sus funciones, su lugar, su área de influencia, su área de interés?

Porque a primera vista parece evidente que algunas de sus características principales yacen ya como víctimas de la guerra en curso.  Es cada vez más difícil hablar de soberanía, de territorio, de autoridad, de monopolio de la violencia, de dominación jurídica, de independencia.

Claro, hay que tener cuidado de las evidencias, pero la clarificación del Estado es necesaria, y urgente.

Oh sí, lo siento, pero eso de “El Estado” es mucho más complicado que los renglones torcidos del Juego de Tronos.

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(…)

(precuelas y secuelas en el volumen uno de “El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista”)

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